Cien años de Delia 

Delia Zapata Olivella nació el 1 de abril de 1926 en Lorica, Córdoba, pero se hizo artista en Cartagena. Y no porque aquí le hayan llegado la fama o el éxito, sino porque fue en esta ciudad-puerto donde encontró la música, el teatro y la danza y sobre todo el propósito de su quehacer artístico. 

En 1989, cuando ya llevaba 20 años de carrera, el gobernador Ramón del Castillo le ofreció un reconocimiento. En esa oportunidad Delia dijo sobre su relación con Cartagena:

 «aunque amo al corralito de piedra creo que no hubiese progresado mucho si no me hubiese ido de aquí, agradezco su reconocimiento a mi labor, pero antes fue aplaudida y valorada en otros escenarios, ahora sólo me complace el que valoren realmente nuestro folclor, ese que nace y se desarrolla en la periferia de la ciudad”. 

El archivo de los Zapata Olivella reposa en la Universidad de Vanderbilt y es público, cualquier persona puede acceder a él.  En un manuscrito sin fecha se puede leer un texto titulado “Vida privada” en el que la misma Delia de su puño y letra da pistas para entender la forma en que nació como artista en esta ciudad. 

Desde su infancia estuvo en contacto con la literatura y el arte gracias a que su papá, don Antonio María Zapata, un intelectual liberal autodidacta, que fundó la escuela “La Fraternidad”, montaba obras de teatro en su propia casa y participaba en las celebraciones de los carnavales, decoraba carretas, inventaba versos y creaba bailes. 

Cuando Delia Zapata era una adolescente, en los años 40, vivía con su familia en el barrio Getsemaní. Frecuentaba el Mercado Público que quedaba muy cerca de su casa en la Bahía de las Ánimas y allí todo el mundo la conocía, todos sabían que era la hija del doctor Zapata.

Dentro de la temporada que comprenden mis estudios de bachillerato, pude ser protagonista de episodios que me son inolvidables pues marcan un poco de mi vida actual”.

Pasaba la tarde en el Mercado y veía cómo llegaban, no solamente los productos que venían de las islas o de otros pueblos, sino también los músicos de instrumentos tradicionales de toda esta zona del Caribe. Se reunían a tocar, cantar, bailar y tomar guarapo. Los decimeros le dedicaban algunos versos.

Allí se llenaron mis ojos de todo el folclor nativo, compartiendo con aquellas gentes ratos y haciéndome de amigos que se complacían contándome sus historietas, felices de mi atención, pues todos sabían que era la hija del doctor Zapata”.

En el mercado se hizo amiga también de pescadores que le alquilaban sus botes para recorrer los caños y canales. Cuenta que solamente había dos lanchas de motor que eran las que llevaban a la gente a Boca Chica, se hizo muy amiga de un capitán al que le llamaban el Diablo. Con él iban a la isla de Tierra Bomba todos los sábados. Así conoció el pueblo de Caño de Loro, donde estaba ubicado el Leprocomio.

Gracias a su madrina, entró en contacto con personas que vivían en la isla y pudo conocer el pueblo que estaba dividido en dos, de un lado el Leprocomio encerrado dentro de un muro con un solo acceso y controles para entrar o salir, y de otro la comunidad sana. Delia entraba y salía del lazareto, se hizo amiga del personal, visitaba con frecuencia a los enfermos que vivían como reclusos. 

Cuenta en el manuscrito que formó un grupo de teatro de 15 niñas con las que montaba obras de género fantástico que la madrina les conseguía. Las presentaban en el hospital y en otros municipios, y el dinero que recogían lo donaban a los enfermos. Al grupo se fueron integrando también músicos que vivían en el Leprocomio. 

Cuando viajó a Bogotá a estudiar Bellas Artes en la Universidad Nacional siguió en contacto con algunos enfermos, en especial los músicos. Se anunció que el gobierno de Mariano Ospina Pérez tomó la decisión de desalojar el Leprocomio y bombardear el pueblo de Caño de Loro en 1950 como medida sanitaria. Le llegaron las noticias y cuenta que le hicieron una despedida muy sentida, en la que las personas se expresaron de una manera muy afectuosa, se conmovió muchísimo de escucharles. Pudo sentir esa pérdida temprana de algo que era tan importante. Todo el arte nace de una pérdida, toda la obra y todo el trabajo de una artista es el diálogo con eso que se ha perdido. 

Se dice que quinientos enfermos de lepra fueron trasladados al lazareto de Agua de Dios, algunos no se quisieron ir y prefirieron matarse en lugar de abandonar el lugar; Delia fue testigo de esa dolorosa ruptura y ahí tomó conciencia de lo que significa su trabajo como artista. 

“Yo vivo con ese recuerdo. Creo que había nacido la artista y desde aquel entonces empezaron mis primeros pasos de pertenecer a un público”. Este hecho trágico del cual fue testigo, dejó una huella que la acompañaría toda su vida.

El Leprocomio de Caño de Loro había sido construido en 1790 por el ingeniero militar español Antonio de Arévalo. En los bombardeos del 21 al 24 de septiembre de 1950 se destruyó el Lazareto, su iglesia, las viviendas de los leprosos y el pueblo entero con el fin de evitar el contagio de la enfermedad. 

Manuel Zapata Olivella publicó en 1990 su autobiografía en el libro “Levántate Mulato. Por mi raza hablará el espíritu”. En ella cuenta una escena de los dos hermanos que sirve para entender la determinación de Delia de dedicarse a la investigación y creación en las danzas tradicionales. 

En 1951 se presentó en el Teatro Heredia el Ballet de la bailarina e investigadora afroamericana Katherine Dunham que vino a Colombia a mostrar su trabajo en Cartagena, Medellín, Cali y Bogotá. Delia y Manuel fueron a ver la función y desde la galería del teatro tuvieron una experiencia estética transformadora:  

“Nos había transmitido su mensaje ancestral. En esa noche a través de su danza vibrante y del eco de sus tambores, recorrimos siglos y siglos por el doloroso camino de la trata de esclavos que no pudo silenciar los cantos ni encadenar el ritmo de los africanos.  Allí nació la decisión de Delia por consagrarse al culto de la danza. La teoría, la hipótesis de cómo hacerlo, jamás la pensó antes de ejecutarla. Tan solo dejó que el sentimiento y el ritmo se derramaran”.

Calenda fue el primer conjunto de danzas folclóricas que fundó Delia. Los ensayos empezaron en una antigua gallera de la Calle del Espíritu Santo en Getsemaní. Esto también lo cuenta Manuel en su libro. Luego su hija Edelmira Massa continuaría con la misión de dirigir y formar a nuevos bailarines en la agrupación. En Cartagena hay todavía un grupo considerable de bailarines que fueron formados por Delia y Edelmira, que son portadores del legado y que no pueden dejar morir esa manera tan especial de enseñar, de crear y de vivir. 

El año Delia en Cartagena puede ser la oportunidad para que la ciudad honre el legado de esta gran artista con producciones de danza, murales, exposiciones y toda clase de homenajes para que no quede ninguna niña o niño que no sepa quién fue Delia Zapata Olivella y que su herencia siga viva para vencer al olvido que todo lo borra. 

Catalina Vela Becerra

Historiadora y Gestora Cultural. 

Maestrante en Estudios literarios y escrituras creativas. 

Archivo de la Universidad de Vanderbilt
https://mzo.library.vanderbilt.edu/dzo